Violencia machista, violencia sexual y patriarcado #NotAllMen 2.0

Teresa Domínguez


En conflicto, los hombres violan a mujeres, a ancianas, y violan a niñas pequeñas frente a sus madres, incluso a bebés de pocos meses. En algunos casos, violan con pistolas y barras de metal. Las mujeres moribundas son violadas. Se trata de poder, no de sexo.

«¿Qué sentido tiene contar lo que me pasó? Nadie podrá ayudarme y nadie podrá encontrar a quienes me agredieron. Nadie los va a castigar» víctima, extraído del informe «La violencia sexual relacionada con el conflicto armado en Ucrania»; Naciones Unidas.

Hace un tiempo publiqué el artículo Violación sexual como arma de guerra y una vez más, la violación se usa sistemáticamente para destruir un pueblo, una cultura: Cox’s Bazar el horror de las mujeres Rohingya torturadas y violadas en Birmania. También se usó en los Balcanes entre 20.000 y 60.000 mujeres torturadas, violadas. En Ruanda se estima fueron entre 250.000 y 500.000 mil las mujeres y niñas violadas. Mil quinientas mujeres y niñas Yazidíes, esclavas sexuales, aún secuestradas de las que no se sabe nada. La violación se utiliza no como forma de placer sexual, sino como forma de poder, de humillación. Es una realidad trágica que se denuncia, de la que se ofrecen datos por altas instituciones y sin embargo, me pregunto si de verdad es una prioridad.

También encontramos discursos que blanquean la realidad, que encuentran de mal gusto sacar la basura que se mantuvo de alguna manera oculta, ya saben, los trapos sucios se lavan en casa, o que nos estamos cargando «el flirteo» o «nos estamos volviendo puritanas». Confundiendo a conciencia, lo que se practica en libertad con el acoso o las agresiones sexuales.

O de pronto, a sabiendas de que la mayoría de mujeres nunca pasan por juzgado, empiezan a exigir «papeles», denuncias y sentencias. Cómo si años de golpes y cicatrices no fueran bastante, y la palabra de mujer no tuviese jamás valor.

Tampoco es necesario que sea famoso el acosador, para que salga la legión de voces que lejos de dar credibilidad a los testimonios desgarradores, se dedica a justificar y a insultar a diestro y siniestro a las mujeres que se atreven, muchos años después, a hablar #Metoo en nombre de la «presunción de inocencia».

En realidad siempre ocurre lo mismo. Y además, se nos advierte que no debemos generalizar.

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Debemos siempre ser específicas sobre la violencia machista. Debemos decir «no todos los hombres», no sea que alguno se sienta molesto o herido en su amor propio. Sin embargo los testimonios #BalanceTonPorc #MeToo de acoso y agresión sexual que se han compartido en las redes sociales y medios, ilustran la infinidad de formas en que las mujeres viven vidas coartadas siempre en previsión de la violencia machista.

Además de no generalizar, se nos sugiere que tampoco podemos denunciar, vaya Vd a saber si fue verdad. Todas tenemos o hemos tenido experiencias a lo largo de nuestra vida. Como escribe Henar Álvarez en su criticadísima columna, a la que han tenido que cerrar los comentarios por insultos y vejaciones «El hombre que no pueda controlarse que se vaya a vivir al campo. Ahora resulta que denunciar cualquier acoso que no sea una violación con penetración a punta de navaja es un exceso de sectores exaltados del feminismo que quieren acabar con la libertad sexual«

Por otro lado encontramos a esas mujeres «libres» (y muchos hombres progres) que hablan abiertamente de lo que empodera prostituirse u ofrecerse como vientre de alquiler. En un mundo de miseria y necesidad. No dejen de leer a Elizabeth López Caballero «Cuando la ignorancia sale a la luz» donde como siempre, los principales consumidores de esa «libertad» son los hombres.

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Debemos ser impecables con el lenguaje, no sea que ofendamos. Sin entender que la réplica #NotAllMen intenta negar un privilegio, y esta no será una proclama válida hasta que el patriarcado haya desaparecido y exista un sistema más justo que nos trate como iguales a hombres y mujeres.

Seamos realistas, la estrategia ha fallado. La cosa no mejora. El primer paso para cambiar la realidad es reconocerla. Si no llamamos a las cosas por su nombre seguiremos siendo incapaces de cambiar la estructura de poder establecida.

Es mucho más fácil y tranquilizador, no tener una teoría universal sobre la violencia y el poder masculino. Es más fácil estar protegidas por la amabilidad de «algunos buenos hombres». Es más fácil escribir basura sobre el sexo como moneda de cambio. Es más fácil hablar de libertad cuando se trata de explotación. Es más fácil que minimicen la violencia machista, las agresiones sexuales y el acoso callejero, en especial culpando a la víctima. Es más fácil malinterpretar deliberadamente el consentimiento. Es más fácil y más rentable ser misógino que no serlo. Es más fácil incluso justificarlos. Es más fácil para todos no pensar en absoluto.

Lo difícil es atreverse a hablar y enfrentarse al machismo y misoginia social e institucional. Lo difícil, poner en marcha leyes como la LIVG y dotarlas de presupuesto. Lo difícil (y valiente) es imitar las medidas de países avanzados que apuestan por modelos como la Ley francesa, Suecia, Noruega, Islandia, Canadá, Irlanda… que luchan contra el sistema prostitucional y provee soporte, y apoyo a las personas prostituidas. Lo difícil es tomar medidas contra los prostituyentes y proxenetas como se explica en la columna de @TradxAbolicion «No la prostitución no es una profesión». Lo difícil luchar contra el porno y sus efectos en los jóvenes (y adultos). O hacer campañas contra #ViolenciaDeGénero y sexual pero poniendo el foco en el agresor como Francia #ArrêtonsLe.

Lo difícil es hacer como Quebec, un Plan Gubernamental contra la violencia machista y agresiones sexuales para alumnos de primaria y secundaria en el que se promocionan los valores y dónde se da importancia a la prevención desde las escuelas para cambiar la mentalidad de niños y niñas. Una revolución educativa, con intervención psicológica, médica, policial, judicial donde se estudie anatomía, identidad, rol en la sociedad, agresiones sexuales, sexismos, acoso, vida afectiva, relaciones sexuales, enfermedades de transmisión sexual, el rol de los medios de comunicación, el medio deportivo, la concertación, etc. Planteándose incluso que estos cursos reemplacen a los «Cursos de ética y cultura religiosa» que promueven prácticas religiosas sexistas a expensas de la igualdad entre hombres y mujeres. Quien quiera formación en religión, que lo busque en el ámbito privado. Lo difícil es hacer leyes contra el acoso callejero (los mal llamados piropos) y agresiones sexuales, que en Francia haría ilegal que los hombres acosen a las mujeres en la calle. Proposición de ley realizada con consultas ciudadanas, marchas exploratorias para mejorar y reducir espacio de inseguridad para las mujeres. Iniciativa que nació en Canadá.

 

Jack the Tripper

Lo difícil es aceptar que los derechos reproductivos de las mujeres no deberían ser objeto de debates y ni de comercio. Que es un asunto de Derechos Humanos. Que como dice la ex-magistrada Elena Rábade en su columna «Empatía entre iguales»

«Cuando piense en los vientres de alquiler, no se vea como país demandante de vientres, véase también como país que ofrece esos vientres, vea también como ofertante de vientres a sus amigas, a sus familias. Y piense que si ese momento llega, posiblemente ya no podamos, modificar una legislación que tan necesaria les parece a muchos ahora y que tan poco justa y defensora de los derechos de todos resulta, para impedir que los cuerpos de nuestras mujeres se utilicen como mercancía y se comercie con nuestros hijos.»

La auténtica soberanía sobre nuestra capacidad y salud reproductiva no reside en la libertad de ponerla en el mercado, sino en tener la posibilidad de poder escoger ser madre.

Lo que pasa frente a nuestros ojos, de hecho, no sucede

Es más fácil vivir incluso con todos nuestros privilegios en una cultura relativamente libre y rica, y pretender que lo que pasa frente a nuestros ojos, de hecho, no sucede; y que lo que le sucede a otras mujeres en otras partes del mundo, (Violación sexual como arma de guerra) o incluso en nuestras calles, no es parte de un sistema. Y sin embargo nos tenemos que conformar con la idea de que el patriarcado es algo que se sacaron de la manga las feministas y que la situación ahora ha mejorado mucho y el feminismo hoy no tiene sentido.

Pues va siendo hora de que despertemos y salgamos de la burbuja, encaremos la realidad y llamemos las cosas por su nombre. Que dejemos de poner excusas y sobre todo, que dejemos de poner en duda a las víctimas y cambiemos entre todos y todas el sistema estructural que sostiene toda esta violencia: el patriarcado.

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«No seré una mujer libre mientras haya mujeres sometidas»

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