Viaje a India: entre la memoria y la semilla

Viaje a India

Publicado en Nueva Revolución, febrero de 2026:

Teresa Domínguez

Esto no es una columna, es un viaje al que quiero que me acompañes.

Viajar a India nunca es un viaje cualquiera. Sus calles, sus templos, sus mercados, el ruido incesante de las motos, el claxon, las vacas sagradas deambulando entre los vehículos o descansando en callejones estrechos y los aromas a especias que se mezclan en cada esquina lo impregnan todo. Pero lo que me trajo hasta sus intricadas y coloridas calles no fue la postal exótica, ni la promesa turística, sino la certeza de que, incluso a miles de kilómetros de casa, las luchas de las mujeres dialogan, se reconocen y se abrazan.

Confieso que llegué con el estómago encogido. Todos los “cuidado con India”, “no vayas sola”, “es muy intenso”, “cuidado con la comida picante, o el agua”, y mi propia mirada, tras años de activismo y lucha por los derechos de las mujeres y niñas en dicho país junto a Rita Banerji, resonaban en mi cabeza como un mantra preventivo. Tenía temor al caos, al acoso, a perderme en un país donde una mujer europea parece gritar “extranjera” a cada paso.

Y sí, hubo momentos duros, miradas que pesan, manos que se acercan demasiado, la sensación de ser un punto de atención constante. Pero también hubo algo mucho más grande. Hubo mujeres que me abrieron la puerta de sus casas con una sonrisa que no necesita traducción. Hubo niñas en las calles pidiendo,  que me enseñaron que la generosidad a veces viene de los más vulnerables, regalando sonrisa, ternura, una de ellas le regaló a mi hija un bonito collar de cuentas de colores. Hubo una activista en Delhi que, entre lágrimas y risas, me contó cómo había convertido su dolor en una red de apoyo para otras supervivientes. Hubo un día en un tren abarrotado, o en una tienda pequeña del mercado de Vieja Delhi, donde compartimos Massala chai e historias con personas desconocidas.

He caminado por la Nueva y la Vieja Delhi, por Jaipur, Mandawa, Agra, Abhaneri y Varanasi, con un propósito: ver, escuchar y aprender. Ser testigo y ser aprendiz. Caminar por sus calles, escuchar a su gente, a las mujeres que desde hace décadas sostienen espacios de resistencia frente a violencias que también nos atraviesan en otras geografías, pero en el caso de India, como en muchos otros países, se exacerban de manera particularmente brutal contra mujeres y niñas, convertidas en blanco sistemático de agresiones que van desde el acoso cotidiano hasta violaciones masivas y asesinatos por honor, o las «desapariciones», alimentadas por estructuras patriarcales arraigadas que las reducen a objetos de control y castigo.

Y en medio de esa crudeza, el murmullo de las calles irrumpía como un contrapunto vivo y persistente, un tejido de palabras en idiomas incomprensibles para mí —hindí, urdu, bengalí, tamil, rajasthani— que se entretejían con la simpatía y sabiduría de Laxya, nuestro guía, el bullicio de los mercados, los timbres incesantes de los rickshaws y el eco distante de campanas en templos ocultos, mientras los gestos y miradas de la gente se convertían en un lenguaje universal, inequívoco y cálido, que trascendía barreras: una sonrisa de bienvenida en un bazar abarrotado, un asentimiento respetuoso al cruzarnos en un callejón estrecho, o el simple saludo de «Namasté» pronunciado con las palmas unidas, un gesto que unía almas en un instante de conexión humana. Con aroma a Massala Chai flotando por cada esquina —esa infusión especiada de cardamomo, clavo, canela y jengibre, hervida con leche fresca y servida en vasos de arcilla—, brindada con eterna cortesía allí donde el camino te llevara, ya fuera en una humilde choza al borde de la carretera, en un puesto del mercado de la vieja ciudad, en un puesto improvisado bajo un árbol de neem, o en la hospitalidad espontánea de un desconocido que insistía en compartir su té como ofrenda de paz, recordándonos que, incluso en la adversidad, la India late con una generosidad que invita a pausar, a saborear y a recordar nuestra común humanidad.

Delhi se desplegaba como un mosaico inmenso: el Templo del Loto, con su arquitectura serena que parece flotar sobre el agua, fue una pausa necesaria entre tanto bullicio, donde nos descalzamos para entrar en aquel imponente edificio y sentimos, por primera vez , que el mundo se callaba un poco. Viajábamos a finales del monzón, cuando del cielo llegaban lluvias de vez en cuando y los turistas extranjeros éramos tan escasos que parecíamos piezas fuera de sitio. Los visitantes, casi todos indios que aprovechaban el fin de la temporada de lluvias para salir en familia, nos miraban con esa curiosidad descarada y tierna a la vez: móviles que se alzaban disimulando, fotos tomadas de reojo, sonrisas pícaras cuando las pillábamos. Algunos se acercaban sin rodeos: «Selfie, please?», y acabábamos posando con abuelas envueltas en saris brillantes, niños que nos tocaban el pelo rubio, y blanco, como quien toca un amuleto y adolescentes que repetían «Spain! ¡España!» como si fuéramos una aparición. En ese templo de pétalos de loto, entre murmullos de oración y flashes inesperados, entendí que también nosotros éramos, por un rato, parte del espectáculo.

En la Vieja Delhi, un paseo en rickshaw por los callejones de Chandni Chowk me envolvió en un torbellino de aromas: el cardamomo, la canela, el comino, las montañas de especias que tiñen el aire de color y de historia. El Mercado de Especias de Khari Baoli, uno de los más antiguos del mundo, es una sinfonía de voces y fragancias que te deja impregnada de humanidad. En contraste, la Puerta de la India, el Raj Ghat, el Fuerte Rojo y el Qutub Minar evocan el peso de la historia y la multiplicidad de las religiones y culturas que han tejido el alma del país. Delhi no se recorre: se sobrevive, se observa y se siente.

Y mientras sus calles vibraban bajo nuestros pasos, no podía olvidar que esa misma ciudad que bulle de vida encierra una realidad mucho más dura. En 2022 se registraron delitos contra mujeres, con una tasa de 144,4 por cada 100.000 personas, lo que es mucho más del doble del promedio nacional de 66,4. De esos casos, más del 31 % corresponde a violencia por parte de marido o parientes, mientras que el 19 % son secuestros o las temidas desapariciones y el 7 % violaciones. Este dato me acompañó mientras recorría sus calles y mercados, recordándome que la igualdad aún está lejos de ser realidad incluso en centros de poder.

Tras unos días intensos en la capital, emprendimos el camino en coche hacia Mandawa, atravesando campos áridos, pueblos detenidos en el tiempo y horizontes de arena y polvo que parecían prometer historias. La India rural se abría ante nosotras como un tapiz de colores desvaídos y miradas curiosas. El viaje, largo y lleno de contrastes, nos llevaba poco a poco hacia un lugar donde la historia y la belleza se entrelazan en cada piedra.

Mandawa, con sus havelis pintadas como lienzos, me enseñó cómo la memoria se graba en las paredes, pero también me regaló una experiencia que parecía suspendida en otro tiempo. Nos alojamos en un antiguo castillo convertido en hotel, una auténtica joya arquitectónica donde cada estancia parecía sacada de Las mil y una noches. La habitación estaba decorada con filigranas, espejos tallados, tapices de seda y luces suaves que parecían respirar historia. Era como dormir dentro de un cuento. La cena fue, literalmente, un espectáculo y una charla muy agradable, personal y amena con Diggi, Singh Rathore, el dueño de la agencia con la que viajamos. Además los ropajes tradicionales, los colores vibrantes, la música en directo y los aromas de las especias creaban un ambiente que trascendía lo turístico para volverse rito transportado en el tiempo. En aquel escenario medieval, entre lámparas de aceite y platos de metal labrado, entendí que la belleza y la amistad que surge con algunas personas desconocidas hasta entonces, también puede ser una forma de resistencia frente a la prisa y la uniformidad del mundo moderno.

Pero mientras admiraba esas pinturas, algo me inquietó: no había mujeres. Ni en las calles, ni en las tiendas, ni siquiera asomadas a las ventanas. Solo un murmullo ausente, un silencio que parecía llenar el aire más que el polvo dorado que todo lo cubría. Pensé entonces en la invisibilidad que recorre tantas geografías del mundo, distinta en forma, pero semejante en fondo. En el estado de Rajasthan, al que pertenece Mandawa, las cifras reflejan esa realidad silenciosa. La participación femenina en la fuerza laboral ronda el 47,9 %, mujeres de 15 años y más que trabajan o buscan empleo, por encima de la media nacional, pero sólo el 6,6 % de ellas tienen empleos regulares asalariados. La mayoría trabaja sin contrato, sin protección, sin nombre. Mujeres que sostienen el campo, los talleres, la familia y los sueños —y que, sin embargo, permanecen invisibles para el censo, para la historia y para el viajero desprevenido.

El pueblo de Mandawa, es un lugar detenido en el tiempo, donde las fachadas son murales que narran genealogías, historias de comerciantes, leyendas de amor y poder. Cada grieta del yeso parecía contar algo, cada pintura en las paredes hablaba de las mujeres que habitaron esas casas y que, como tantas otras, permanecen invisibles en los relatos oficiales. Mandawa me envolvió en su polvo dorado, en su hospitalidad cálida y en la sensación de que, incluso en los lugares más recónditos, el arte y la memoria siguen respirando entre las piedras. Los muros cuentan las historias de los hombres que comerciaron con especias, telas y camellos, y los rostros de las mujeres se quedaron solo en sus paredes pintadas.

Tras dejar atrás la magia suspendida de Mandawa, emprendimos un largo camino en coche hacia Jaipur, la Ciudad Rosa. El paisaje, árido y luminoso, parecía extenderse hasta el infinito, salpicado de camellos, vacas, aldeas y miradas curiosas. Fue un trayecto de tránsito y contemplación, de esos que te obligan a detener el pensamiento y simplemente dejarte llevar por la vastedad de Rajastán.

En Jaipur, todo es contraste: la majestuosidad de los palacios y el pulso de los mercados, las piedras preciosas, lo eterno y lo efímero, lo sagrado y lo cotidiano. Visitamos sus principales monumentos y, a lo lejos, divisamos el castillo de la princesa Gayatri Devi. Aquel instante despertó en mí una curiosidad profunda por su historia, y terminé comprando su libro Recuerdos de una princesa. En sus páginas, encontré la voz de una mujer que también vivió entre la tradición y la rebeldía, entre el esplendor y la soledad de los muros palaciegos.

Tuve además la oportunidad de conocer el templo de la diosa Durga, una experiencia que me conmovió especialmente. Nuestro anfitrión, con una sonrisa entre la devoción y el cariño, me dijo que yo le recordaba a Durga: “hermosa y dulce, pero fuerte e indomable”. Lo dijo después de escucharme hablar con pasión sobre mi activismo, sobre los derechos humanos de las mujeres y las niñas. Me emocionó, no por el halago, sino por el reconocimiento implícito de una fuerza femenina que atraviesa culturas, idiomas y geografías.

Jaipur también nos regaló el calor de un hogar rajastaní. Fuimos invitados a cenar en casa de una familia local, donde la hospitalidad se convirtió en abrazo. Entre risas, platos llenos de especias y gestos amables, compartimos una velada preciosa. Aquella cena fue más que un banquete: fue una lección sobre la generosidad y el orgullo de un pueblo que abre su casa al extranjero como si fuera un viejo amigo.

Tuvimos además la ocasión de visitar talleres de artesanía, donde los hombres trabajaban las piedras preciosas con una paciencia milenaria, y de contemplar los telares de seda moviéndose al ritmo de las manos que los tejen y los pintan a mano, con un cuidado casi ritual. En cada hilo y en cada brillo se adivina la historia de generaciones que han hecho del arte un modo de vida y de resistencia.

Pero también allí, entre tanta belleza, la realidad asoma. En Rajasthan, la proporción de mujeres de 15 años o más que trabajan —la llamada Worker Population Ratio— es de solo 17,2 % entre las graduadas en uno de los últimos estudios (2022), frente al 61,9 % de los hombres. Aunque los datos más recientes muestran un repunte, el contraste sigue siendo evidente. Estos números cobran cuerpo cuando una recorre los mercados y los talleres y las mujeres están desaparecidas, o trabajan ocultas, entre los palacios y los bordados, entre los hilos y las piedras preciosas, hay mujeres que intentan que su presencia laboral deje de ser una excepción y se convierta, al fin, en una evidencia.

Jaipur nos recibió con su hospitalidad cálida y su incesante vitalidad. Viajar también es mirar con ojos críticos y corazón abierto: aprender, cuestionar y agradecer. Y Rajastán —con su desierto, su historia y sus mujeres invisibles que sostienen el mundo desde las sombras— me lo recordó en cada esquina. Tras la intensidad luminosa de Jaipur, partimos hacia Agra en coche, atravesando paisajes que parecían hechos de polvo y vida. El viaje fue largo y lento, pero cada kilómetro tenía su propio ritmo: el de los puestos al borde del camino, los niños que saludan riendo, los animales que cruzan con la calma de quien se sabe dueño del lugar.

Antes de llegar, hicimos una parada en Abhaneri, un pequeño pueblo que guarda una de las obras más impresionantes del ingenio humano: el Chand Baori, el antiguo pozo escalonado. Frente a sus miles de peldaños descendiendo hacia el agua, sentí una mezcla de vértigo y admiración. Aquel lugar, construido hace más de mil años, parecía un templo dedicado a la paciencia y al trabajo colectivo. Allí donde el agua es vida, las mujeres han sido siempre su guardiana. Muy cerca visitamos la Women Craft Society, donde un grupo de hombres llevaba el negocio abierto. ¿Y las mujeres?, así lo hicimos saber, y un grupo de mujeres nos recibió, entre ellas, la directora del proyecto, con sonrisas tímidas y manos hábiles. Nos mostraron cómo la artesanía se convierte en independencia económica, en autoestima, en horizonte propio. Cada pieza bordada era también un relato de dignidad y resistencia frente al silencio. Eran mujeres con vidas duras —viudas, madres, trabajadoras incansables— que sostienen sus familias y su comunidad con una fortaleza serena. Este colectivo, que conserva los oficios y genera autonomía, es una de esas semillas preciosas contra la exclusión, una esperanza bordada con hilo y coraje.

Las mujeres pasan de ser invisibles en la economía formal a protagonistas; sus manos sostienen el presente y vinculan diseño, derechos, economía y dignidad. No se trata de fundaciones registradas a gran escala, sino de sociedades comunitarias de mujeres vulnerables. Lo que suele ocurrir en Rajasthan (y en otras regiones de India) es que grupos llamados Self Help Groups (SHG) o sociedades cooperativas suelen ofrecer artesanía local, textiles, comida y hospitalidad como forma de obtener ingresos directos. En Rajasthan las mujeres rurales participan de manera intensa en la economía informal —artesanal y agraria—, aunque enfrentan enormes retos de visibilidad y reconocimiento legal. Sabía que en ese contexto, aquellas mujeres que me ofrecieron chai y agua mientras bordaban flores sobre lino estaban haciendo mucho más que coser: estaban construyendo autonomía desde lo local, sosteniendo la vida con hilo, aguja y dignidad.

Desde allí continuamos el viaje hacia Agra, la ciudad del mármol y de las sombras imperiales. Más allá del Taj Mahal, Agra me recordó que ningún monumento debe eclipsar la vida diaria de las mujeres que siguen peleando por existir con dignidad. Detrás del mármol blanco está la vida —y la muerte— de Mumtaz Mahal, una mujer que murió a los 39 años, agotada, desangrada, dando a luz a su decimocuarto hijo. Su historia fue narrada como la de la “esposa ideal” que inspiró la eternidad de un emperador, pero rara vez se recuerda que fue también la de una mujer cuyo cuerpo fue usado como territorio de poder y descendencia. El Taj Mahal es hermoso, sí, pero también es un recordatorio de cuántas vidas de mujeres han quedado reducidas a símbolos, a ornamento, a leyenda romántica construida sobre el sacrificio.

El Fuerte Rojo, con sus muros imponentes, guarda también relatos silenciados: los de las mujeres que vivieron allí bajo la estricta reclusión del zenana, los espacios reservados al harén imperial. Mujeres poderosas, pero invisibles, recordadas solo en función de los hombres a los que estuvieron ligadas. En esos corredores cerrados se respiraba tanto el lujo como la soledad, y quizás también el deseo de romper las paredes del silencio. No pudimos subir al Fuerte en elefante como estaba previsto: el monzón había hecho crecer el Ganges y uno de los muros del acceso se había derrumbado. Pero el azar nos regaló otro modo de encuentro. Pudimos contemplarlos y disfrutar de su presencia en una reserva, donde los elefantes son cuidados, protegidos y tratados con el respeto que merecen como seres sagrados en la cultura india. Pasear junto a ellos, sentir su respiración lenta y su piel áspera, fue una experiencia profundamente conmovedora. Hay una sabiduría ancestral en esos ojos tranquilos, una fuerza silenciosa que parece sostener el mundo.

En Uttar Pradesh, el estado al que pertenece Agra, las estadísticas reflejan una realidad compleja: las mujeres representan una gran parte de la fuerza laboral informal y, llegan a ocupar casi la mitad de los días de trabajo garantizados por programas públicos como el Mahatma Gandhi National Rural Employment Guarantee Act. Sin embargo, la brecha en los empleos formales sigue siendo profunda, y muchas mujeres continúan desempeñando tareas invisibles en la conservación, limpieza o mantenimiento de los propios monumentos que miles de turistas fotografían cada día. Pensar en ellas, mientras la piedra del Taj se teñía de rosa al atardecer, fue como abrir otra grieta en la historia: la de una India femenina que sostiene la belleza del mundo sin ser nombrada.

Desde Agra, tomamos un tren hacia Varanasi, la ciudad más antigua de la India y, tal vez, una de las más antiguas del mundo. El trayecto fue largo, envuelto en ese bullicio sereno que solo los trenes indios saben tener: vendedores que atraviesan los vagones ofreciendo chai, mujeres con saris de colores increíbles, niños que ríen y corren como si el viaje no tuviera destino. Todo parecía un preludio de lo que nos esperaba: un lugar donde la vida y la muerte conviven sin pudor, sin metáforas.

Varanasi es un umbral: allí donde la existencia se desnuda y el alma, dicen, encuentra descanso. Pero también es una ciudad donde las mujeres cargan sobre sí el peso de los rituales, de los cuidados, de las pérdidas. No puedo dejar de mencionar que allí viví, quizá, uno de los momentos más duros del viaje. De forma casual, terminé compartiendo con un grupo de mujeres el dolor de la pérdida de un familiar. Nuestras miradas y nuestros corazones se cruzaron sin necesidad de palabras. Yo misma cargaba con la reciente muerte de un amigo querido y de un familiar, y en ese encuentro se entrelazaron mi duelo y el suyo. Las cremaciones junto al Ganges, los cuerpos portados por las calles, la presencia de los intocables, el barro pegado a los pies y las lágrimas compartidas dibujaron un paisaje donde la vida y la muerte se miran de frente, sin filtros ni consuelo.

También asistimos a la ceremonia del Ganges, el Aarti, uno de los rituales más sobrecogedores que he presenciado en mi vida. No había turistas aquella noche; las lluvias del monzón habían hecho subir el caudal del río y apenas quedaban unos pocos escalones visibles. El calor era asfixiante, la humedad nos envolvía como un manto, pero nadie se movía. Nuestro guía nos llevó hasta un grupo de devotos que cantaban, ofrecían fuego y flores al río sagrado. Hubo un instante —un punto suspendido en el tiempo— en el que todo se unió: los cánticos, el humo del incienso, las llamas danzando sobre el agua, las voces al unísono. Cientos de hombres y mujeres fundidos en un mismo latido. Fue como si el universo respirara con nosotros, como si la vida y la muerte dejaran de ser opuestas y simplemente se abrazaran. En ese cruce de dolor y belleza entendí algo esencial: que la experiencia de viajar no es solo mirar, sino también acompañar, sostener y dejarse sostener. Incluso —y sobre todo— en el borde más crudo de la existencia, en su expresión más literal.

Pero más allá de lo espiritual, Varanasi también es una ciudad de mujeres que resisten, que se organizan en silencio para transformar la precariedad en autonomía. En el distrito se han formado más de 11.000 grupos de autorayuda (SHG) que agrupan a alrededor de 138.000 mujeres rurales, dedicadas a la producción artesanal, el microcrédito y la economía comunitaria. Esos colectivos, dispersos por los ghats, los talleres de seda y los pequeños comercios, son la otra cara de la espiritualidad: la de la supervivencia. En Uttar Pradesh, el estado donde se encuentra Varanasi, las cifras siguen siendo duras. La alfabetización femenina apenas supera el 63 %, frente al 81 % de los hombres, y el matrimonio infantil continúa afectando a una de cada cinco niñas. Sin embargo, muchas de esas mismas niñas, convertidas hoy en mujeres adultas, son quienes sostienen las cooperativas que dan sustento a sus familias. La espiritualidad, la artesanía y la economía femenina están entrelazadas de manera profunda: ellas han hecho del hilo, del fuego y del río una forma de resistencia.

Varanasi me dejó la certeza de que hay una fuerza que no se ve, pero que sostiene el mundo: la de las mujeres que, entre el humo del incienso y el polvo del camino, siguen reinventando la vida. Si estás dudando, si te dicen que “no es para ti”, si te asusta el qué dirán o el qué pasará: ve. Lleva el corazón abierto, los sentidos alerta y la certeza de que volverás siendo otra. Porque India no te deja igual. Te rompe un poco, sí, pero te recompone más grande.


Organizaciones como 50 Million Missing, la Women Craft Society, Jagori, Shakti Shalini… te devuelven la fuerza del feminismo cuando hacen acompañamiento directo: refugios, asesoría legal, ayuda psicológica, educación comunitaria, arte como prevención. Lugares donde la palabra “igualdad” deja de ser abstracta y se convierte en pan, techo, justicia y abrazo. Estos días me enseñaron que el viaje no termina en la frontera, ni en el avión de vuelta. El viaje continúa en los lazos que se han estrechado, en las conversaciones compartidas, en los espacios de debate que ahora también son míos.  Con algunas personas hemos abierto un canal vivo de comunicación y resistencia, y lo que hemos sembrado juntas ya empieza a germinar en proyectos de colaboración futura.

India me recordó que la lucha no tiene pasaporte. Que el dolor de una mujer quemada por dote en Delhi y el de una mujer asesinada en un pueblo de Andalucía hablan el mismo idioma: el de la injusticia. Pero también que la risa, la creatividad, la amabilidad, y la obstinada esperanza de esas mismas mujeres construyen lazos inquebrantables.

India no me trató siempre con guantes de seda, pero me trató con verdad. Me obligó a mirar de frente mis propios privilegios, mis miedos importados y mis prejuicios disfrazados de “precaución”. Y, sobre todo, me enseñó que la sororidad no entiende de fronteras, que el feminismo se habla en mil lenguas y que la resistencia de las mujeres indias —callada, feroz, cotidiana— es una de las fuerzas más potentes que he conocido. Así que sí, India es ruidosa, sucia, abrumadora, contradictoria. Pero también es tierna, valiente, profundamente humana. Y ha sido, sin duda, uno de los viajes más bonitos y profundos de mi vida. Y yo vuelvo con la maleta llena de telas, aromas, piedras, recuerdos, recetas y colores. Pero sobre todo regreso con la certeza de que cada encuentro ha sido semilla de futuro. Y como toda semilla, habrá que regarla para que crezca.

Teresa Domínguez

Entrevista de Pepe Contreras a Teresa Domínguez en Panorama AI Podcast

 


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