AFRA Mujeres comparte en APERFOSA el taller “India: historias de mujeres que resisten y reconstruyen”

Teresa Domínguez

Publicado en la Voz del Sur

Sábado 13 de junio de 2026

Taller: India: historias de mujeres que resisten y reconstruyen

Hay lugares donde las historias parecen reconocerse entre sí. La Casa de acogida que APERFOSA gestiona en la provincia de Cádiz para mujeres supervivientes de violencia, prostitución y trata con fines de explotación sexual, fue uno de esos lugares. Allí, el pasado jueves 12 de junio compartimos el taller «India: historias de mujeres que resisten y reconstruyen», una actividad que nos permitió reflexionar juntas sobre la capacidad de las mujeres para sobrevivir, resistir y reconstruir sus vidas frente a la adversidad.

No era la primera vez que cruzábamos las puertas de la Casa. A lo largo de estos años hemos compartido en numerosas ocasiones diferentes espacios de encuentro, reflexión y apoyo mutuo, fortaleciendo una colaboración basada en el compromiso común con los derechos de las mujeres. Cada visita nos recuerda que este lugar es mucho más que un recurso de acogida: es un lugar donde se reconstruyen vidas, se recupera la confianza y se tejen nuevas historias de fortaleza, dignidad y esperanza. En esta ocasión volvimos a encontrarnos para compartir una tarde cargada de emoción, convivencia y aprendizaje mutuo, reafirmando la importancia de caminar juntas en la defensa de las mujeres más vulnerables.

Teresa Domínguez Afra
Teresa Domínguez impartiendo el taller

Un recorrido que permitió mostrar de cerca el trabajo de organizaciones feministas, cooperativas de mujeres y proyectos comunitarios que luchan cada día por la dignidad y los derechos humanos de mujeres y niñas. Lo que inicialmente pretendía ser un taller sobre una realidad aparentemente lejana terminó convirtiéndose en un espacio de reconocimiento mutuo donde las historias de unas y otras comenzaron a dialogar de forma natural.

A lo largo del tiempo, ambas entidades hemos compartido proyectos e iniciativas convencidas de que la transformación social solo es posible cuando se construyen redes de apoyo sólidas y comprometidas. Sin embargo, esta jornada tuvo algo especialmente valioso: la posibilidad de conectar realidades separadas por miles de kilómetros para descubrir que, más allá de las diferencias culturales, o geográficas, las mujeres seguimos enfrentándonos a desafíos que muchas veces comparten las mismas raíces, pero también la misma capacidad de resistencia.

La jornada reunió activistas y residentes del centro en un espacio de reflexión y escucha que terminó convirtiéndose en algo mucho más profundo que una simple charla. Allí estuvimos María Collado y yo misma en representación de AFRA Mujeres. También participaron las profesionales que forman parte del equipo de la Aperfosa Cádiz, entre ellas la Alba Rodríguez, trabajadora social y Miriam Hinestrosa, monitora y una de las encargadas de la casa de acogida, además de las mujeres supervivientes y sus hijos e hijas, que llenaron el encuentro de preguntas, silencios, experiencias y reflexiones compartidas.

A través de fotografías, música, relatos, y vivencias fuimos recorriendo algunos de los lugares que visité durante el viaje y, sobre todo, las historias de las personas que conocí en ellos. Hablábamos de mujeres y niñas que han sobrevivido a la violencia, de activistas que han transformado el dolor en una herramienta para ayudar a otras, de cooperativas artesanales que generan autonomía económica en zonas rurales y de organizaciones feministas que sostienen refugios, asesoramiento y acompañamiento para quienes atraviesan situaciones límite.

Hablamos de entornos desde el que trabajan cada día para que las mujeres puedan vivir con mayor libertad y dignidad. Sin embargo, mientras avanzaba la conversación, comenzó a producirse algo mucho más importante, las mujeres reconocían en aquellas historias emociones, dificultades y experiencias que les resultaban familiares.

Las diferencias culturales fueron perdiendo relevancia frente a una constatación que atravesó toda la jornada: la desigualdad adopta formas distintas según el lugar donde se manifiesta, pero sus consecuencias sobre la vida de las mujeres se parecen demasiado. También se parecen las estrategias necesarias para combatirla. La necesidad de encontrar apoyo, de recuperar la confianza en una misma, de disponer de recursos para construir autonomía o de sentirse acompañada en momentos de enorme vulnerabilidad. Lo que sucedía en aquella sala era precisamente eso: mujeres escuchando a otras mujeres y reconociéndose en ellas.

Quienes trabajan en esos refugios saben que ofrecer un techo es solo el comienzo. La verdadera transformación llega cuando una mujer empieza a recuperar la seguridad perdida, cuando vuelve a confiar en sus capacidades y cuando descubre que todavía es posible imaginar un futuro diferente para ella y para sus hijos. A lo largo de la jornada hablamos de autoestima, de independencia económica, de maternidad, de derechos humanos, de salud emocional y de los múltiples obstáculos que las mujeres encuentran cuando intentan rehacer sus vidas. Pero también hablamos de esperanza, de la que nace del acompañamiento cotidiano, de las redes de apoyo y de la certeza de que nadie debería atravesar sola los momentos más difíciles de su vida.

 

El encuentro estuvo acompañado por un taller de tatuajes con henna realizado por la ilustradora y artista Julia Kapusta, autora de las ilustraciones del libro Meditacuentos de Oliva Aguilera. Julia ofreció a las participantes una experiencia inspirada en las tradiciones que habíamos conocido en India, utilizando los diseños de henna como una actividad de relajación, expresión creativa y bienestar emocional. Mientras los delicados dibujos iban apareciendo sobre la piel de las participantes, el ambiente se fue llenando de conversaciones relajadas, sonrisas y momentos de complicidad. Puede parecer un detalle menor, pero no lo es. Con demasiada frecuencia asociamos los espacios de acogida exclusivamente al sufrimiento y olvidamos que la recuperación también necesita belleza, creatividad y alegría. Aquella actividad permitió que muchas mujeres se vieran a sí mismas desde un lugar diferente, disfrutando de un momento de cuidado compartido y de una experiencia que, por unas horas, las alejaba de las preocupaciones cotidianas.

A medida que avanzaba la jornada, se hizo evidente que el verdadero valor del encuentro no residía únicamente en los contenidos del taller ni en las experiencias relatadas, duras a veces, sino en los vínculos que se estaban generando entre las participantes.

Y fue precisamente después del taller, cuando los grupos comenzaron a mezclarse de manera espontánea alrededor de un café y de unas pastas elaboradas por las propias mujeres residentes, cuando vivimos el momento más emotivo de la jornada. Las conversaciones surgieron sin prisas, compartiendo historias de supervivencia de pérdidas y también de una fuerza extraordinaria para seguir adelante. Fue entonces cuando el encuentro dejó de ser un taller para convertirse en una experiencia humana profundamente conmovedora. Solo quedaban mujeres compartiendo un espacio de escucha y confianza. Quizá fue también el instante más desgarrador de toda la jornada. Porque a veces los datos impresionan, las fotografías conmueven y los testimonios nos hacen reflexionar, pero nada se compara con mirar a los ojos a una mujer que ha sobrevivido al horror y escucharla contar su propia historia.

Aquellas conversaciones nos recordaron algo que ninguna estadística es capaz de explicar. No debería existir tanto dolor en el mundo. No debería existir un lugar donde tantas mujeres vean sus vidas atravesadas por la violencia, la explotación, la trata, la pobreza o el miedo. Y, sin embargo, existe. Existe en países lejanos y existe también muy cerca de nosotras. Lo que escuchamos aquella tarde fue un recordatorio de la dimensión inconmensurable de la violencia que los hombres ejercen sobre las mujeres y las niñas en todo el mundo. Una violencia que no es accidental ni excepcional, sino estructural, sostenida por sistemas que siguen permitiendo que millones de mujeres vivan expuestas al abuso, la explotación y la desigualdad por el simple hecho de haber nacido mujeres.

Aperfosa es un símbolo de resistencia, de resiliencia y de posibilidad. Allí las mujeres que son rescatadas encuentran acompañamiento psicológico, asesoramiento jurídico, formación y el tiempo necesario para reconstruir sus vidas con dignidad. Precisamente para sostener ese trabajo cotidiano, APERFOSA impulsa proyectos de sensibilización y autonomía económica como Be Free, una iniciativa desarrollada por las propias mujeres acogidas.

Y esa fue, precisamente, la sensación con la que terminó la jornada. El cambio es posible cuando existen redes de apoyo, cuando se generan espacios seguros y cuando las mujeres encuentran la fuerza colectiva necesaria para recuperar la confianza en sí mismas y volver a mirar hacia el futuro.

Teresa Domínguez


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