
Publicado en Nueva Revolución 23 de marzo de 2026
Nuevo juicio en París
Durante años creímos haber escuchado ya todo el horror posible sobre el Estado Islámico. Creímos que los atentados en Europa, las imágenes de ejecuciones y las cifras de desplazados habían agotado nuestra capacidad de espanto. El reciente examen, en el Tribunal de lo Criminal de París los días 16 y 17 de marzo, de los crímenes cometidos contra el pueblo yazidí ha vuelto a abrir una grieta en ese relato cómodo que Europa se ha construido sobre el terrorismo, una grieta que tiene el tamaño de las niñas esclavizadas, vendidas, violadas en nombre de una religión convertida en maquinaria genocida, porque lo que se ha escuchado en esa sala no es nuevo, pero sí ha sido, por primera vez, colocado en el centro del relato judicial europeo.
Ante el tribunal se ha desplegado la cartografía de una dominación total: asesinatos en masa, venta de criaturas, violaciones sistemáticas de niñas convertidas en esclavas sexuales, en “botín” para disciplinar a los combatientes y reproducir el proyecto político y religioso de Daesh, y con ello se ha producido un desplazamiento fundamental, porque durante años la justicia francesa se concentró en la parte visible del terror —las bombas, las balas, los comandos— mientras que este juicio se adentra en las entrañas del sistema, en la esclavización sexual como estructura organizada, como engranaje esencial del genocidio yazidí, obligándonos a abandonar de una vez la idea cómoda de que hablamos guerra en términos absolutos, para asumir que hablamos de un sistema perfectamente articulado.
En mi artículo “Décimo aniversario del genocidio yazidí, miles piden justicia, otras siguen desaparecidas”, publicado en Nueva Revolución en julio de 2024, señalaba que la impunidad seguía siendo la norma, que diez años después del inicio del genocidio miles de mujeres continuaban desaparecidas, atrapadas en redes de trata o enterradas en fosas comunes aún sin exhumar, y hoy esa realidad apenas ha cambiado, porque más de 2.900 mujeres y niñas yazidíes siguen desaparecidas, miles de mujeres y niñas fueron secuestradas y muchas no han regresado, mientras otras han sido liberadas sin reparación ni garantías de justicia, y lo más terrible de nombrar sigue ahí, persistente, incómodo, insoportable: algunas continúan siendo traficadas en Oriente Medio después de haber sido vendidas como esclavas por el Estado Islámico, lo que convierte cualquier relato en presente y no en memoria.
Por eso el juicio de París importa, pero también revela con crudeza sus límites, porque Francia juzga terrorismo, de hecho Alemania ha logrado una condena histórica por genocidio contra un miembro del ISIS, e Irak, donde ocurrieron los crímenes, sigue sin procesarlos como tales, y a día de hoy no existe un tribunal internacional que aborde el genocidio yazidí en su conjunto, de modo que lo que tenemos no es ausencia de justicia sino una justicia fragmentada, desigual, dependiente de jurisdicciones nacionales y de voluntades políticas, una justicia que avanza pero no alcanza, que nombra pero no repara, que llega, sí, pero llega tarde y mal.
Escuchar en una sala de audiencias que una niña de diez años fue capturada, separada de su familia y vendida como esclava porque su cuerpo era considerado mercancía lícita según una interpretación criminal de la religión debería tambalear los cimientos de cualquier democracia que se pretenda mínimamente digna, pero la cuestión no es solo qué sentimos al escuchar esos testimonios sino qué hacemos después, porque el riesgo siempre es el mismo, convertir el horror en expediente, archivar la barbarie en forma de sentencia y continuar como si se tratara de un capítulo cerrado, cuando en realidad el genocidio yazidí no fue solo una empresa de exterminio físico sino también de destrucción de un pueblo a través del control del cuerpo de las mujeres, convertidas en territorio de guerra, violadas, vendidas, embarazadas forzosamente, separadas de sus hijos, no como consecuencia sino como estrategia, porque si controlas el cuerpo de las mujeres controlas el futuro de un pueblo, y esa lógica, profundamente patriarcal, no es una anomalía del Estado Islámico sino una constante en los conflictos armados.
doce años después, las supervivientes siguen cargando con una doble violencia, la vivida y la que implica tener que demostrarla una y otra vez, declarar, recordar, traducir el horror a un lenguaje jurídico que a menudo, o siempre, llega tarde y mal, porque sin relato no hay memoria y sin memoria no hay justicia, pero la justicia que llega una década después y a miles de kilómetros del lugar de los crímenes es siempre una justicia incompleta, y a ese relato se suma otra dimensión incómoda, la responsabilidad internacional, desde la inacción inicial hasta la falta de persecución efectiva de las redes de compraventa, pasando por la tolerancia hacia actores implicados en la región, lo que deja al descubierto una evidencia difícil de asumir: hay violencias que no generan urgencia, hay víctimas que no ocupan el centro, que simplemente no importan.
Europa se presenta en estos procesos como garante de legalidad, pero Europa también es el lugar donde se radicalizaron muchos de esos combatientes, donde la misoginia se normaliza mientras no altere el orden económico, donde el consumo de prostitución y pornografía alimenta cadenas globales de explotación sexual que se parecen demasiado a lo que hoy se condena en los tribunales, y por eso el genocidio yazidí, mirado desde una perspectiva feminista, no es un monstruo lejano ni una anomalía cultural, sino un espejo incómodo que devuelve la imagen más cruda de un sistema que sigue considerando el cuerpo de las mujeres un territorio disponible.
Cuando escribía sobre el décimo aniversario insistía en que no bastaba con la memoria ni con los gestos simbólicos, que las organizaciones yazidíes llevan años reclamando verdad, justicia y reparación, no caridad ni titulares, porque justicia significa exhumar fosas, identificar cuerpos, perseguir a todos los responsables, desmantelar las redes de trata y reconocer jurídicamente el genocidio en toda su dimensión, y reparación significa también reconocer a las supervivientes como sujetos políticos y no como figuras pasivas del dolor, y en ese sentido el juicio de París puede ser un paso, pero en ningún caso es el final.
Puede convertirse en un hito o en una nota a pie de página, depende de lo que hagamos con él, porque si lo consumimos como un relato más de horror judicializado no habrá servido de nada, pero si lo entendemos como la confirmación de que la violencia sexual es una herramienta estructural de los genocidios contemporáneos, entonces puede abrir camino, no solo para las yazidíes, sino para todas las mujeres que en distintos lugares del mundo siguen siendo utilizadas como campo de batalla, porque cambian los contextos, pero no el patrón.
Y mientras tanto, seguimos asistiendo, con una peligrosa normalización, a la pervivencia y legitimación de marcos ideológicos que, siglos después, continúan sirviendo para justificar la subordinación y la violencia contra las mujeres, como si el tiempo, en lugar de cuestionarlos, los hubiera blindado.
Y mientras tanto, seguimos asistiendo, con una peligrosa normalización, a la pervivencia y legitimación de marcos ideológicos que, siglos después, continúan sirviendo para justificar la subordinación y la violencia contra las mujeres, como si el tiempo, en lugar de cuestionarlos, los hubiera blindado, al mismo tiempo que se reproducen discursos que nos empujan a nuevos conflictos, como ya ocurrió con la guerra de Irak, sostenida sobre premisas que se demostraron falsas, en un presente en el que liderazgos irresponsables y estrategias geopolíticas opacas vuelven a situar a la humanidad al borde del caos, siempre con las mujeres y las niñas como víctimas dobles de las guerras de los hombres.
Teresa Domínguez
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